Hace unos días, como comentario a uno de los artículos publicados en este blog, Rosa se preguntaba que es lo que podía hacer ella para mejorar la situación de Ignacio, una persona que vive en la calle y con la cual se cruza a menudo.
¿ Como es posible que nos quedemos todos de brazos cruzados contemplando la escena, sin hacer absolutamente nada?.
Alguien tendría que hacer algo!
¿Como es posible que la familia se desentienda?
Pues si!. Muchas veces la familia se desentiende…
Juan murió ará ahora unos 8 años. Estuvimos atendiéndolo desde hacía 11 años y solo cuando murió nos dimos cuenta que durante todo ese tiempo nos tuvo engañados. El era sevillano y siempre nos había dicho que su familia estaba en Sevilla, con la cual hacia mucho tiempo que no mantenía ningún tipo de relación.
Juan era encantador. Era agradable sentarse a su lado, alguna que otra tarde en el centro abierto, y dejarse contagiar por sus historias maravillosas de aventuras y de experiencias vividas.
Entrañable! Siempre con alguien a su lado, dispuesto a compartir. Juan nunca quiso hablar de su familia. El no tenía familia nos decía para zanjar el asunto cuando alguno de nosotros irrumpía en esa faceta de su vida. Y nosotros, siempre respetuosos con sus decisiones. Si el decía que no tenía familia, para nosotros era su palabra. Ante todo, el respeto hacia su propia voluntad.
Con todo eso, solo cuando falleció Juan y, despues de indagar el paradero de su familia para comunicar la noticia y que pudieran asistir al entierro, nos dimos cuenta que en la vida de Juan habían existido dos realidades paralelas.
Una era la que el mismo nos mostraba: encantador, charlatan, agradable en el trato para compartir una tarde hablando con el.
Otra realidad era la que había vivido su familia durante los años en que Juan estuvo con ellos: el había abandonado a la mujer y a los hijos, cuando aun eran pequeños, después de mucho tiempo de borracheras, palizas y maltratos. Recuerdo a su hijo mayor llorando, aun estando su padre de cuerpo presente, mientras se preguntaba por que su padre tuvo que comportarse con ellos de esa manera.
- Nosotros conocimos otro Juan, su parte buena.- Fueron nuestras palabras de comprensión, consuelo y de profundo respeto hacia las situaciones que esa madre e hijos habían vivido con Juan.
¿Como es posible que la familia se desentienda?
No lo sé! Pero intuyo que esa rotura debió ser lenta y no sin pocas complicaciones.
Sin juzgar!. No hay culpables, aunque si responsabilidad de uno mismo hacia su pasado, presente y futuro.
Nunca pretendimos cambiar ese pasado de Juan, ni tampoco su futuro. Eso era cosa de el mismo. Siempre a su lado, acompañándolo…
Esta situación es la que casi siempre se repite, una y otra vez, con muchas de las personas que nos encontramos por la calle y que, a simple vista, nos damos cuenta que estan sufriendo una situación de desamparo.
¿ Y que es lo que puedo hacer yo?
Me permito aconsejar la lectura de dos artículos ya publicados en nuestro blog:
¿Acompañar, para qué?
y
Sentirse alguien para alguien
¿Que es lo que puedo hacer yo? Es una pregunta que muchas veces denota angustia, impotencia ante una situación que vemos que va a peor. Que alguien haga algo!
Que debo hacer yo?
Yo me respondo que, en primer lugar, es la persona la que tiene que empezar a cambiar la situación. O no… Eso, si creemos en las capacidades que toda persona guarda consigo, aun en esas situaciones en donde parece que la persona ya no puede decidir por si misma. Es la misma persona la que en todo caso puede hacer algo.
Es difícil dar ese paso. Solo se podrá dar cuando la persona confie en si misma. Cuando la persona vuelva a confiar en si misma, a partir de una relación de confianza con aquellos que, incondicionalmente, permanecen a su lado.
Por eso yo estoy ahí, acompañando ese proceso que, a veces, puede ser doloroso, de impotencia. Porque al saber que es la persona la que debe dar el paso, mi deber consiste en solo estar ahí. Quizás para recorrer juntos ese proceso, para motivar, para ofrecer seguridad. Pero los pasos a seguir siempre seran los propios de la persona.
Personas enfermas.
Enfermas de no ser nadie para nadie. Enfermas de haber perdido toda confianza, en los demás y en si mismo.
Es esa voluntad de vínculo todo mi deber: como profesional, como ciudadano, y como persona.
Porque es la relación con los demás lo que permitirá recobrar la dignidad perdida. Es la relación lo que le hará sentirse alguien para alguien. Es ahí donde tiene sentido el “¿acompañar, para qué?”.
Y sin saber aun como, percibo que es el reconocimiento de esta dignidad lo que me permite transformar esta situación. Quizás es porqué en hacernos dignos mutuamente la persona se da cuenta que aun está a tiempo de cambiar su situación.
Optamos por seguir acompañándote.
No sé para que, pero sé que estoy contigo, que estoy presente.
Y me doy cuenta, no sé cómo, que estando contigo, comprendo.
Que comprendo tu desidia, el miedo a una nueva frustración, tu mirada baja,…
Y me doy cuenta que, comprendiéndote, transformo.
Porque dejo de verte como un simple objeto de ayuda.
Porque al comprender las lágrimas de tu sufrimiento me reconozco a mi mismo como digno de estar a tu lado.
Porque estando a tu lado y comprendiéndote he sentido que solo puedo reconocer tu dignidad.
Acompañamos la persona sin esperar intencionadamente que cambie. Y, sin quererlo, esto es lo que permitirá cambiar la situación.
Miquel Julià
Abril 2008